jueves, 17 de agosto de 2017

LA CORDILLERA de Santiago Mitre



MUCHA CASCARA Y POCA NUEZ

La Cordillera  era posiblemente la película argentina más esperada del año. Coproducida con España, con participación de la Warner en la distribución y hasta con un actor americano en el casting (Chrsitian Slater) resulta una cascara lujosa sin nada de jugo en su interior.

Las expectativas eran muchas. Santiago Mitre había deslumbrado con su ópera prima (El Estudiante) mostrando no solo habilidades autorales sino también una capacidad narrativa cinematográfica desusual en una ópera prima. Gracias a ello, recibió el apoyo inmediato de toda la industria y se le confió la remake de La Patota, famosa películas de los años 40 realizada por Daniel Tinayre y protagonizada por Mirtha Legrand. Mitre no realizó exactamente una remake.
Actualizó el argumento, cambió el foco del tema, y si bien los resultados obtenidos no fueron descartables, el film no logró elevarse de la medianía general.

Ahora vuelve con un film ambicioso, de gran producción, cuya apariencia es la de un thriller político pero lamentablemente es solo eso, apariencia. Cuesta definir cuáles son los propósitos de La Cordillera. Las ambiciones de su director y de su coguionista habitual Mariano Llinás son inmensas, pero los resultados generales no superan la medianía de la prolijidad y la corrección política. Si el propósito de los autores pasaba por la denuncia política es claro que los resultados expuestos no constituyen un film de denuncia ni tampoco consigue alzarse a la figura de un thriller político que alcance algún interés.

Es más, en un momento dado, sorpresivamente, gira hacia los problemas personales de la hija del Presidente. Dichos problemas no son relevantes en el contexto que el film presenta y tampoco en la vida política del presidente Hernán Blanco que correctamente interpreta Darín. Por un momento, dichos problemas personales parecieran exceder su propio marco y transformarse en una amenaza para la su estabilidad política, pero nada de eso sucede.

En consecuencia, ni la política se transforma en thriller ni la vida personal del protagonista en drama. Ambos problemas son consecuencia de un guión ambicioso pero carente de capacidad de desarrollo de los temas. Por otro lado, la puesta en escena del film es ciertamente prolija, está bien actuado, maravillosamente fotografiado y exactamente climatizado con la excelente música que aporta el siempre inspirado maestro español, habitual colaborador de Pedro Almodóvar, Alberto Iglesias.

Pero el film falla esencialmente en el desequilibrio que originan esas dos líneas narrativas que a medida que avanza el relato, lejos de converger terminan por separarse dejando al film a mitad de camino entre el thriller político que parecía ser y el drama personal de un presidente acosado por un pasado dudoso.

Incluso no acaba de entenderse el rotulo del afiche que dice El Mal Existe. A qué mal se refiere? Darín, como el Presidente, otorga una entrevista a una periodista española y respecto al mal le hace esa afirmación. Es más, le dice que no se llega a presidente si uno no lo ha visto al menos dos veces. Pero la frase queda en eso. Una frase inteligente y sofisticada que finalmente no tiene peso alguno en el desarrollo de la película. Más tarde, la aparición de un médico para atender a su hija, que practica hipnotismo es otro punto que genera un toque esotérico que si bien contribuye al suspenso, termina por ser un elemento excéntrico que nada aporta al desarrollo de la trama.

Hablar de los rubros técnicos es redundante. Tanto Darín como Gerardo Romano, Erica Rivas y especialmente Dolores Fonzi hacen denodados esfuerzos para darles espontaneidad y credibilidad a sus personajes. El fotógrafo Javier Juliá tiene experiencia y lo demuestra. Su iluminación es apropiada y los movimientos de cámara perfectos. Ni hablar de la partitura musical de Alberto Iglesias que sutilmente subraya la mayor parte de las escenas.


Por eso, vuelvo a afirmar que lo que falla en la película es el guión. Un guión ambicioso que busca un retrato equilibrado entre la vida pública y la vida privada de un presidente pero que a la postre termina siendo una pintura superficial e incluso, convencional y hasta poco interesante.

jueves, 10 de agosto de 2017

PARAÍSO de Andrei Konchalovsky



EL INFIERNO TAN TEMIDO

Andrei Konchalovsky, hermano del afamado Nikita Mijalkov, es un hombre de cine y teatro nacido en la Unión Soviética en 1937. Estudió en el Conservatorio de Moscú e hizo su debut  cinematográfico con El Primer Maestro (1966). Algunos de sus siguientes films tuvieron problemas con la censura, por lo cual, después de lograr un éxito importante con el épica Siberiada, fue atraído por el cine americano donde trabajó por más de 10 años, convirtiéndose en un director de éxito y de culto, especialmente después de filmar Runaway Train con Jon Voijt en 1985. Después de la Caída del Muro, volvió a su patria, filmando esporádicamente y dedicándose al teatro. Ahora regresa con este film estupendo.

Estamos ante un director y un film  inclasificables por varios motivos. Paraíso, filmado como un documental, es una ficción. Narrado como un drama, es una historia de suspenso que cuenta a la vez tres historias de represión, colaboración y vida en un campo de concentración en la Alemania Nazi durante la Segunda Guerra Mundial. Paradójicamente, cabe agregar que el título de Paraíso alude al objetivo perseguido por el Nacional Socialismo para la sociedad alemana.

La línea que sigue Konchalovsky más que emitir un juicio de valor sobre lo ocurrido parece tener la intención de narrar el horror sin hacer distingos de bandos. Como si el horror no lo sufrieran solo las victimas sino también los victimarios. O sea, el horror es uno solo, y es sufrido por todos.

La visión que presenta el director ruso es la de un humanista (no la de un historiador), en consecuencia, entiende que el horror de la guerra no es solo el de las victimas sino el de todos aquellos que de una u otra manera se ven involucrados en ella, ya que la guerra se sufre sin distinción de bandos. Y por eso nos preguntamos: qué otra cosa podemos esperar de una guerra que no sean víctimas?

No es una película fácil de ver e incluso de entender. Es como si nos introdujéramos en el mundo del revés. El film va contra la mirada convencional de las cosas y sobre todo del decir de la historia toda vez que generalmente la historia es narrada por los ganadores de la contienda.

El horror del holocausto es imperdonable e inentendible para aquellos que no lo hemos vivido y apenas lo conocemos a través de los libros de historia o de películas como Shoa!!, de Claude Lanzmann que lo han retratado con toda objetividad y realismo a través de imágenes de archivo y testimonios de testigos presenciales de los hechos a un punto tal que alguien expresó: Shoa!! obliga al espectador a realizar un ejercicio de insoportable imaginación sobre el dolor, el espanto y la degradación humana ocurrida en los campos de exterminio.

Tal vez Paraíso sea ese insoportable ejercicio de imaginación. Konchalovsky hace una ficción realizando un falso documental sobre tres personajes cuyos caminos se cruzan durante la guerra: Olga (una magistral Yuliya Vysostkaya), una aristócrata rusa exiliada en Francia que es arrestada por los nazis durante la ocupación alemana en un pueblo cercano a París por ocultar a dos niños judíos. Jules (Philippe Duquesne), un juez de paz colaboracionista que debe investigar el caso de la detención de Olga, y Helmut (Christian Klaus), un alemán, militar de alto rango proveniente de la alta burguesía que ha conocido a Olga durante su juventud en Italia y que ahora es Oficial de las SS y está a cargo del campo de concentración donde está detenida Olga. ¿Qué tan cerca está Helmut del concepto de banalidad del mal que ha desarrollado Hanna Arendt?

El film se desarrolla a través de escenas de careos,  declaraciones testimoniales que los personajes hacen sobre los hechos ocurridos en los cuales han participado, y la dramatización de algunos de esos hechos. En consecuencia, existe en el film un aire parecido al espíritu confesional de carácter religioso, donde obviamente la expiación de la culpa y la búsqueda del perdón parecen ser los objetivos. No obstante, no se trata de un film religioso.

Es que claramente la posición humanista de Konchalovsky presenta a sus personajes como juguetes de un destino atroz cuya voluntad de maldad o de bondad estará siempre condicionada a la terrible ocurrencia que es el hecho de la guerra. Los personajes de Paraíso son todos juguetes de ese cruel destino a los que les corresponde jugar un rol que esta muchísimo más allá de su propia voluntad, y a la que no pueden renunciar ni escapar porque las condiciones que impone la guerra es la de un hecho colectivo que se antepone a cualquier actitud individual.

En otras palabras, los personajes de Konchalovsky han estado dirigidos por una voluntad superior regida por el mal que ha provocado un efecto de masificación que hace desaparecer la voluntad individual. Es el triunfo de la masa deshumanizada contra la desaparición  de la identidad personal. Es que la guerra la sufren los pueblos pero las deciden los políticos. Más allá del horror no queda otra cosa que víctimas.

Soberbio film de Konchalovsky. Arriesgado. Trabajado como una pieza de orfebrería, cuesta entrar en él porque lo plantea como una obra del absurdo, pero a su vez, lo trabaja como solo un gran cineasta puede hacerlo: Tomándose su tiempo, asumiendo riesgos, desafiando al espectador y a los convencionalismos, para entregarle una obra provocativa ante la cual no se puede mantener la indiferencia.

martes, 8 de agosto de 2017

EL OTRO LADO DE LA ESPERANZA de Aki Kaurismäki


UN LLAMADO A LA SOLIDARIDAD

No hay duda que Aki Kaurimäki es uno de los grandes maestros del cine actual. Cuando hablo de maestros me refiero a aquellos directores capaces de construir su propio mundo, un mundo personal desde el cual construyen ficciones en las cuales dan vida a sus personajes y a través de ellos expresan su visión del mundo.

El Otro Lado de la Esperanza es la nueva película de Kaurismaki que se estrenó esta semana. El tema es actual y profundo. Las corrientes migratorias que se desarrollan desde los países islámicos hacia el resto de Europa. Eso que hace pensar en un choque de culturas y que algunos ven como el detonante de la tercera guerra mundial. No obstante ello, el problema fundamentalmente encierra aspectos humanitarios que tienen que ver con violaciones a los Derechos Humanos, el desconocimiento de libertades como es el derecho a la libre circulación.

Kaurismaki (también autor del guión) asume el tema atendiendo justamente el lado humano de la cuestión. En ese sentido, su personaje Khaled (magníficamente interpretado por Sherwan Haji) es un simpático polizón que ha viajado clandestinamente en un buque carguero que ancla en el puerto de Helsinki, Finlandia, buscando asilo en ese país. Para ello, deberá hacer los trámites correspondientes. Mientras tanto, el gobierno Finlandés lo ampara acomodándolo en un parador donde lo asiste en sus necesidades básicas.

Por otro lado, cuenta la historia de Wikstrom, un hombre de unos 55 años, cansado y aburrido de la rutina diaria de un viajante que va de pueblo en pueblo a vender camisas,  abandona a su mujer y a su trabajo para dedicarse simplemente a otra cosa. El hombre vende todo lo que tiene, y comienza una nueva vida jugando al póker en un garito.
Kaurismäki hace converger a Khaled y Wikstrom introduciéndolos en una especie de comedia del absurdo que no es otra cosa que el propio mundo del director, ese mundo tan particular de seres solitarios, casi desamparados, llenos de humor, con cierta fisonomía ridícula donde siempre hay una guitarra cerca y cantantes que entonan hermosas baladas con pinta de indómitos rockeros, no exentos de violencia y actitudes xenófobas.

La comedia avanza y aparecen nuevos personajes, todos secundarios que apuntalan la idea dándole cuerpo a seres aún más extravagantes que los propios protagonistas, completando un cuadro de la marginalidad que puebla y operan en los bordes de las ciudades, tan fuera de ellas como fuera de una ley a la que parecen nunca someterse. Seres que están sobreviviendo en lugares tan particulares como únicos. Sitios que se asemejan a burdeles de luces opacas y extravagantes donde una paleta de colores fuertes sobresale contrastando con un medio que, en lo exterior, siempre está nublado y  lluvioso, y donde el sol parece no salir. Parte de los méritos de esta estética es de Timo Salminen, el notable director de fotografía finlandés que ha fotografiado con suma sensibilidad y una gran paleta de colores tanto la filmografía de Aki como la de su hermano Mika.

Sin embargo, la piedad de Kaurismaki para con ellos es infinita, y los dota de pequeñas acciones que los humanizan y los reconcilia con la moral y las buenas costumbres. No por ello el cine de Kaurismaki se transforma en moralista. Lejos de ello, su cine sigue siendo representativo de una corriente humanista que acepta al hombre con virtudes y defectos. Seres falibles que parecen abandonados de la mano de Dios.

Tal vez El Otro Lado de la Esperanza no sea su mejor película.  En mi opinión, considero no está a la altura de, por ejemplo, El Hombre Sin Pasado (2001),  Luces Al Atardecer (2006) o El Puerto (2011). Posiblemente, su punto más flojo sea el final, donde Kaurismaki parece quedarse sin rollo y termina esta historia de inmigrantes sin demasiada imaginación como tratando de conformar a sirios y troyanos.


No obstante ello, fundamentalmente describe con humor y sentido humanista la vida de un refugiado sirio en Finlandia pintando claramente el problema que se está viviendo en medio oriente y el rebote del problema que reciben los países europeos, logrando un film entretenido e interesante que fue aplaudido por muchos espectadores en su final. 

sábado, 5 de agosto de 2017

DUNKERQUE de Christopher Nolan



EL ABSURDO DE LA GUERRA

Christopher Nolan, un inglés nacido en Londres hace 47 años, ha conquistado la meca del cine americano haciendo películas de gran presupuesto en las que no deja de exponer las ideas que le interesan y lo colocan en el pedestal de los más importantes y reconocidos guionistas y directores de la actualidad.

Memento, realizada en el año 2000 y basada en el guión de su hermano Jonathan, fue el film que lo expuso a la consideración general. Una obra que con la estructura de un policial, narraba la persecución de un asesino por parte del marido de la víctima, quien sufría pérdidas en su memoria. Pero su consolidación  autoral arranca con un tanque de la franquicia de Batman. El Caballero de la Noche (2008), su segunda entrega, resultó  una película fuera de serie y marcó un rumbo en el nuevo cine de superhéroes, a la vez de transformarse en una aguda reflexión sobre la violencia terrorista y la necesidad de combatirla con las mismas armas. Dos años más tarde, realizó El Origen, otro film de factura compleja e impecable realización, logrando un nuevo éxito con Leonardo de Caprio en el papel estelar.

Ahora nos llega Dunkerque, en la cual Nolan viaja hacia el pasado y recrea un episodio real ocurrido durante la Segunda Guerra Mundial. Corre el año 1940. Alemania invade Francia y obliga militarmente al retiro de suelo europeo a las maltrechas tropas inglesas que combatían aliadas con el ejército francés.
Nolan narra el retiro inglés desde cinco puntos de vista que son encarnados por un soldado de infantería, dos aviadores, un civil francés que ayuda a la evacuación con su velero y un comandante inglés al que le han hundido su barco. El guión preciso de las cinco circunstancias permite a Nolan dar una visión de la crueldad de la guerra a la vez que una lección de cine moderno.

Contada con cámara en mano en gran parte de su metraje y con la invalorable ayuda del fotógrafo suizo Hoyte Van Hoytema (trabajó con Nolan en Interestelar en 2014), y que aquí, además,  hace gala con las nueva tecnología de las cámaras IMAX, el director utiliza la playa extendida por la baja marea de Dunkerque como un escenario fantasmagórico cargado de muerte amenazado por tres pequeños aviones cazas alemanes. Tanto las escenas terrestres como las tomas aéreas son realmente antológicas.
La película es fundamentalmente, un hecho visual. Casi carente de diálogos, Dunkerque se transforma en una expresión brillante del minimalismo cinematográfico. Narrada con un rigor casi documental, apunta a la evacuación de un grupo de 400 soldados dispersos en una playa como un hecho esencialmente humanitario fuera de todas las convenciones bélicas.

En ese acto que no implica rendición, en consecuencia, hay un estado de continuación de la guerra. Por lo tanto, existe un enemigo, que invisible, está al acecho de las maltrechas tropas inglesas que están en una situación de aislamiento e inferioridad.
No obstante, serán dos elementos externos los que condicionarán el estado de la evacuación. El  dominio del aire, por un lado, y la marea en la playa, serán quienes impondrán condiciones a la evacuación. Y ambos elementos estarán en contra de la suerte de nuestros héroes dando un tono épico a la operación de evacuación. Tres aviones alemanes contra dos ingleses, y la baja marea condicionaran el equilibrio de las fuerzas. La pericia de los pilotos y la velocidad de la marea se transformarán en dos elementos dramáticos más. 

Los soldados que están en la playa de Dunkerque se sienten amenazados, tienen miedo y pasan hambre. Las condiciones les son adversas. Están en retirada respecto de las fuerzas alemanas y en desventaja numérica. Saben que su salvataje depende más de la suerte que de sus propias acciones. Están en las manos del destino. Casi desarmados, hambrientos, muchos de ellos heridos, su lucha como soldados se va convirtiendo en una espera tensa que solo puede ser mantenida por la esperanza de un milagro. La voluntad de luchar solo parece estar motivada en ese aferramiento que tenemos por la vida ante el miedo a la muerte. El drama de la guerra aparece así reflejado en toda su crueldad concentrado en una simple playa, un paraje bucólico que se transforma en una trampa mortal. 

Nolan queda ahora lejos de la posición justiciera de El Caballero de la Noche. Dunkerque respira humanismo por cada poro de su metraje y se constituye en un film ferozmente antibelicista  al que puede considerarse, no solo temática sino también estéticamente, un homenaje al gran maestro Stanley Kubrick y una heredera de aquellas dos  obras majestuosas que fueron Senderos de Gloria (1957) y Full Metal Jacket (1987). 

sábado, 29 de julio de 2017

BABY DRIVER de Edgar Wright




EL CHOFER DE LA MAFIA

No conocía el cine de Edgar Wright, un inglés con más de 20 años de experiencia en la BBC como director productor, guionista y actor, y que también cuenta en su haber con 4 largos para el cine que no he visto. En consecuencia, la visión de Baby Driver fue mi primer encuentro con este experimentado director que evidentemente sabe sacarle provecho a los géneros.

Porque Baby Driver es una película de género. Se inscribe cómodamente en el policial negro, o en un subgénero de aquel, que es contado desde el punto de vista de los ladrones, y no solo encuentra varias referencias sino también rinde homenajes en el encuentro.

Si bien la trama pareciera flotar en un momento y un espacio fuera de tiempo, desde el vamos la música nos sitúa en los ´80. La banda sonora de la película es formidable y por ella pasan prácticamente todos los grandes hits de aquella época, colocados cada uno de ellos en el momento preciso e indicado en el desarrollo dramático del film. La banda sonora permite escuchar temas de Jon Spencer Blue Explosion!: Bellbotton; Dave Brabeck´s Unsquare Dance; David Mc Callum: The Edge; Barry White: Never, Never Gonna Give Ya Up; Queen: Brighton Rock, y Simon and Garfunkel: Baby Driver, entre otros.

Además, rinde homenaje a varios films de los cuales no solo abreva en lo temático sino también, en lo formal. En ese aspecto, en el inicio mismo, podemos encontrar las influencias del inolvidable Driver (1977) de Walter Hill con Ryan O´Neal como así también el Drive (2011) de Nicolás Winding Refn, y más tarde, la contundencia del cine policial de Michael Mann en Heat (1995),o el suspenso de Los Sospechosos de Siempre (1995) de Brian Singer. Referencias no faltan. Tampoco debemos olvidar que la fuente de inspiración más reciente puede ser una serie como la de Rápido y Furioso.

Pero el trabajo realmente sobresaliente es la dirección de Edgar Wright. Lo suyo es una mezcla notable de imagenes, sonido y puesta en escena con un uso intensivo de la steadycam que hace parecer cosa del pasado algunas maravillas que hemos visto recientemente. Wright narra literalmente a toda velocidad y al ritmo de la música, e incluso sin cortes en planos secuencias realmente inolvidables. Su puesta en escena es de una maestría notable como si se tratara de una película musical al servicio de una trama de acción y suspenso, que el director solo corta a los efectos de brindar información al espectador para poder seguir adelante creando más acción y más suspenso a todo ritmo. El resultado es una especie de vorágine policial sostenida en lo musical con una puesta en escena coreográfica.

Ansel Elgor es Baby, un hipoacúsico que es el disparador de la acción. Toda una revelación como actor y bailarín. Su personaje es el de un joven que de niño ha sufrido un accidente fatal con sus padres y ha quedado con una invalidez parcial en su audición. Paradójicamente, se ha transformado en un eximio conductor. Él será el “Baby Driver” del título en inglés. Kevin Spacey es Doc, el cerebro de la organización criminal al que “el Driver” le debe un favor. Lily James, Jamie Foxx, Jon Hamm y Eiza González completan un elenco impecable.

Más allá de cualquier convencionalismo, esta es una auténtica película de género que, como Sin Nada que Perder (Hell or High Water) de David Mackenzie, estrenada el verano pasado, hacen una autentica revisión de los géneros y los revitalizan agiornándolos en forma creativa. Aquí no hay cine de tesis ni siquiera un cine testimonial como lo puede ser “Hell….”, pero si encontramos una muestra renovada de un género tradicional del cine americano como es el policial negro. Edgar Wright, a la par de rendirle tributo, realiza un film formalmente deslumbrante que seguramente dará que hablar durante bastante tiempo y dejará su huella.

jueves, 20 de julio de 2017

SIERRANEVADA de Cristi Puiu


SIERRANEVADA de Cristi Puiu

LA LARGA TARDE DE LA POMANÁ

El Nuevo film de Puiu, el mismo de La Larga Noche del Señor Lazarescu (2005), es una nueva visión, y mucho más desesperanzada que la anterior, sobre la calidad de la vida en Rumania después de la caída del muro de Berlín, y sus consecuencias, tales como la caída y muerte de Nicolae Ceasescu y su régimen autoritario.

Si en “La Larga Noche…”, Puiu se adentraba en el horror de un sistema burocrático que en lugar de atender a un enfermo, por el contrario facilitaba su muerte, y desde allí generalizaba hacia el estado caótico de la herencia recibida, en su nuevo film es el miedo y el terror a vivir, la incapacidad de construir una sociedad mejor, el que se apodera de los miembros de esta familia, llevándolos a la inoperancia.

Si bien en La Larga Noche… la trama se organizaba en torno de un drama individual, y ello remitía a una cuestión social, en Sierranevada, la trama es un fresco colectivo concentrado, al borde de la teatralidad, que nos lleva a una reunión familiar (se cumplen 40 días del fallecimiento del padre y se organiza una ceremonia religiosa seguida de una cena) con la asistencia de todos los miembros de la familia en un departamento de no más de 60 metros cuadrados.

Sierranevada es un gran fresco político social concentrado en el día de la celebración de la Pomaná, la cual se lleva a cabo 40 días después de la muerte de un ser querido (en este caso el padre de la familia) y se trata de un almuerzo familiar precedido de una visita del cura de familia, el cual bendice la casa de los deudos.

El encuentro familiar generará encuentros y desencuentros familiares donde aparecerán desde los celos, las envidias, y las traiciones típicamente familiares hasta discusiones sobre los grandes temas de los cuales no solo surge la gran desazón que produjo el fracaso socialista Ceasescu, sino también  las dudas sobre el modelo neoliberal surgido a posteriori de la caída del muro de Berlín. Pero también están allí como temas de discusión de las consecuencias de las guerras balcánicas, las hipótesis sobre el ataque a las Torres Gemelas en Nueva York en 2001, la irrupción terrorista del Estado Islámico en toda Europa, que son tema de conversación de los hombres mientras que las necesidades culinarias, el efecto de las drogas en los jóvenes, los engaños amorosos de los maridos, y la necesidad del mantenimiento de las costumbres religiosas son temas de las mujeres concentradas en la cocina.

Los méritos de Puiu son varios. No solo la película está muy bien escrita y los temas desarrollados resultan de interés general sino que en primer lugar, esos temas van más allá de la pura discusión para adentrarnos en el clima de miedo social que se vive en toda Europa. Pero lo notable es que deja vislumbrar que detrás de ello hay un enorme fracaso que no es otro que el de la desocupación provocada por los procesos de automatización industrial dejando a millones de personas fuera del modelo de la sociedad de consumo.

Por otro lado, están los detalles de la puesta. Los cortes son pocos, casi respetando el estilo de una obra de características casi teatrales. Pero es la labor de la cámara, fija por momentos, virando hacia sus lados, yendo de primeros planos a planos medios o viveversa, es donde el trabajo de puesta en escena de Puiu como director es realmente brillante. Para ello obviamente ha contado con un grupo formidable de grandes actores. El film tiene un ritmo intenso que logra mantener el interés durante las tres horas de su proyección a la vez de proveer un entretenimiento (muy clásico en el cine rumano). En este nuevo film Puiu parece decirnos que la lamentablemente la revolución ha fracasado.


sábado, 15 de julio de 2017

ENTRE DOS MUNDOS de Miya Hatav


ENTRE LA VIDA Y LA MUERTE

La acción transcurre en nuestros días en Jerusalén, ciudad santa de tres religiones monoteístas: el judaísmo, el cristianismo y el islam, donde un hombre bomba se ha estallado en un shopping comercial provocando la muerte de una persona y dejando varios heridos de gravedad. Uno de ellos, Oriel, un joven de 25 años, el cual es trasladado de inmediato a un hospital.

Es entonces, en una habitación de hospital, un encierro forzoso entre cuatro paredes, donde transcurre la historia de esta película en la que tres personas esperan durante un tiempo que Oriel, una de las víctimas del atentado, recobre el conocimiento. Es en esa habitación de hospital donde el
inteligente film de Hatav desarrolla toda su acción, recreando un micro mundo donde los personajes se vuelven arquetipos de 
diferentes posiciones frente al problema que plantea el film.

La habilidad de la puesta en escena de Miya Hatav, elude la puesta teatral y con habilidad narra en términos cinematográficos volcándose a primeros planos de caras, expresiones, manos, masajes al herido, y alguna que otra salida a los pasillos para darle respiro al espectador que se ha sumergido conscientemente en una tensión donde está en juego la vida de una persona querida más allá de las creencias.

Pero el buen guión de la propia directora, hace cómplice al espectador dándole a conocer determinada información crítica para el desarrollo de la historia que desconocen los personajes. En consecuencia, no es la historia la que cuenta, sino los comportamientos de los personajes en respuesta a los diferentes sucesos que plantea la estadía hospitalaria.

Los personajes, ante el hecho trágico, tienen diferentes actitudes frente a la vida. Oriel se ha ido de su casa para vivir solo en un barrio de Jerusalén. Sus padres se han divorciado. Su madre Bina, desde la separación de su marido ha profundizado su agnosticismo. Se ha vuelto realista y como consecuencia de ello, se mantiene consciente del estado de gravedad de su hijo. Por el contrario, Meir, su padre, necesita de su fe religiosa para sobrevivir la situación y poder apoyar a su hijo. Se apoya en forma permanente en su rabino. La tercera en cuestión es Amal, una muchacha joven que dice ser española y que cuida a un anciano de la camilla de al lado. Amal es un ser pragmático. Actúa como si tuviera conocimientos de kinesiología que le transmite a Bina y entre ambas dan calor humano a Oriel. Entre Amal y Bina nacerá un sentimiento en común para atenderlo y ayudarlo. Amal es un ser de luz que está más allá de toda la violencia, y vive concentrada en honrar la vida.

Film lacerante que muestra desde el inicio la violencia en una sociedad que no da tregua, donde todos son por igual víctimas y victimarios de una situación en la que a cada acción le sucede una reacción que por lo general siempre se inscriben en lo que podemos definir como un estado de violencia, en el que siempre la generan los más fuertes y más violentos y la terminan sufriendo los más débiles e inocentes.

La película de Miya Hatav parte de una situación real, que se vive en forma cotidiana en Jerusalén, en todo Israel y en gran parte del mundo árabe. No todo está relacionado con un mismo problema político, pero sí parece ser que todas esas situaciones encuentran una lamentable respuesta en la violencia terrorista. Y eso es lo que pone en el tapete este intimista film de Hatav, en el cual sin duda, está haciendo un llamado al dialogo y al entendimiento para encontrar la paz. En ese aspecto el drama que muestra la película encierra el problema desde un punto de vista exclusivamente humanista, donde el foco esta puesto en la vida de un hombre prácticamente destruida como consecuencia de la irracionalidad expresada en forma violenta que no es otra cosa que el fracaso de la política.

miércoles, 12 de julio de 2017

UNA SERENA PASIÓN de Terence Davies


“YO NO SOY NADIE! QUIÉN ERES TÚ?...” Emily Dickinson

A principios de los años ´80, China Zorrilla protagonizó tal vez su mayor éxito teatral. Se trataba de un unipersonal basado en un monologo de William Luce que tenía como personaje a Emily Dickinson, la poeta americana (Amherst, Massachusetts, 1830-1886). Después de tantos años, recuerdo dos cosas de aquella función. La sobresaliente actuación de China y el canto a la vida en que transformaba la poesía de aquella mujer, alguien que desde el encierro de su casa, reflexionaba sobre la existencia, sin obtener otra respuesta que algunas publicaciones en el diario de su pueblo. 


Con estos recuerdos entré al cine a ver Una Serena Pasión de Terence Davies. Del director inglés sólo había visto una película, un documental sobre Liverpool que me había gustado muchos y que se llama “Sobre el Tiempo y la Ciudad”. Un film reflexivo en cual plasmaba dos testimonios. Uno sobre sí mismo, y otro sobre su ciudad natal en los albores de este nuevo siglo.

Ahora, en su nuevo film, Davies encuentra a la poetisa Emily Dickinson en el final de sus estudios secundarios, concretamente, en el acto de graduación, cuando por primera vez queda aislada ante una pregunta de la Madre Superiora del establecimiento. Pero ese aislamiento no solo reflejará una situación, sino más bien una posición. Ella no será una pastora protestante. Por el contrario, su vida transcurrirá en la reclusión de su casa paterna, rodeada de sus padres y hermanos, tanto como una forma de observar a un mundo con el que no comulga, ni religiosa ni socialmente, como también una forma de protesta.

Formada en el puritanismo religioso protestante, tomó la religión con el respeto de los creyentes, pero comenzó a militar ideales feministas. Contraria a la Guerra de Secesión, apoyó a su padre en prohibir a su hermano su deseo de ir a la guerra, asumiendo una posición netamente pacifista. Una vez muerto su padre, se transforma en la principal voz de la familia, dado que su madre siempre había sido una mujer enferma y callada.

No obstante ser una mujer de carácter, elige la poesía como expresión de sus sentimientos e ideas, la que ejercita en la tranquilidad de las noches bajo el estricto consentimiento de su padre, quien así mismo, se encarga que alguna que otra de sus obras sea publicada en el diario del pueblo. En toda su vida no publicó más de 17 poesías. No obstante ello, su vasta obra abarcó más 1800 poemas que solo conocieron la luz después de su muerte.

El retrato de Davies sobre la Dickinson es el de una mujer que vive el encierro por voluntad propia, consciente de una inteligencia de nivel superior, admirada por toda su familia pero carente de contacto con el resto de su comunidad. Ese encierro voluntario se expresa fundamentalmente a través de la palabra escrita en esas muchas noche de insomnio, como así también asume una posición absolutamente feminista incluso dentro del ámbito familiar donde solo acepta la voluntad y autoridad paterna, y pone en ridículo ciertas actitudes machistas de su hermano. Cercano a sus 40 años comienza a padecer de problemas renales que se vuelven crónicos, y en consecuencia, acentúan su soledad. Su vida termina a los 56 años.

Davies pinta la vida de esta mujer llena de claroscuros a la manera de los grandes pintores flamencos, como esos cuadros de Jan Vermeer donde la luz se filtra a través de las ventanas generando luces y sombras como seguramente debe haber atravesado la vida de la poetisa. En este aspecto, la colaboración de Florian Hoffmeister, joven fotógrafo alemán habitual colaborar del maestro inglés, ha sido crucial para lograr la atmosfera de un film que tiende más a mostrar un alma que una vida. Incluso la película no fue filmada en los Estados Unidos sino en Bélgica, norte de Europa, donde la luz es diferente, aunque el film transcurra íntegramente en interiores. Por otro lado, la musicalización del film está también regido por lo clásico. Cuando no suenan las palabras, son Bellini, Chopin, Beethoven, Schubert, Strauss o algún tradicional de época quienes subrayan las imágenes con el siempre buen gusto del director.

Cynthia Nixon, una actriz de Nueva York con mucha experiencia televisiva y teatral, interpreta a Emily. La personificación que hace de la Dickinson es admirable. De su rostro y de sus palabras nacen autoridad, cariño, enfado, estados de ánimo por los que pasa su cuerpo debido a las diversas situaciones familiares, sociales y finalmente personales por las que atraviesa su vida.

Lejos de la Emily teatral, la del film de Terence Davies, brilla con la luz propia de alguien que pasa por la vida adelantada a su tiempo. No se trata de una evocación ni de un retrato. El film de Davies intenta y consigue, ir a la profundidad de un alma que sufre, primero porque vive una época que no le corresponde, después porque su introversión no le permite canalizar su vocación hacia un público más allá de su familia, y más tarde porque una enfermedad le quita la vida. El de Davies es un film visceral, lleno de claroscuros para mostrar la interioridad de un personaje, para llegar a su desmitificación toda vez que la obra de la poetisa ha sido descubierta después de su muerte y en consecuencia el mito se ha alzado sobre la historia misma de una vida.

sábado, 8 de julio de 2017

POR LA VENTANA de Caroline Leone



LA ACEPTACIÓN DEL RETIRO

Es muy bienvenida esta coproducción brasileña-argentina dirigida con mucho tacto por Caroline Leone, quien hace su debut en el largometraje, dirigiendo con suma atención en los detalles y rigurosidad formal.

El film se centra en la vida de Rosalía, una jefa de operarios en una fábrica industrial de elementos eléctricos en el cordón industrial de San Pablo, quien es despedida a causa de una fusión de empresas que la deja sin trabajo en la reorganización.

Toda una vida de trabajo se ve desmoronada de repente. Si bien Rosalía es una mujer cercana a los 60 años, su despido la toma por sorpresa y la sumerge de golpe en el drama de la desocupación. Es que el trabajo no solo es una manera de ganarse la vida sino también se vuelve una costumbre. Y más allá de eso, Rosalía es una mujer que se ha sentido reconocida por su trabajo, y que, de alguna manera, se siente imprescindible. Ella es quien abre y cierra la fábrica, instruye a los operarios, distribuye las tareas que se llevan a cabo. Y de la noche a la mañana pierde todo lo que ha construido en una vida de trabajo y es declarada prescindible.

El duelo de Rosalía es inevitable. Ha sido sorprendida por una noticia que la shockea. Su primera reacción es de no entendimiento de la situación, no acepta ni entiende los cambios, siente desconsuelo y se pregunta qué hará a su edad. Un especie de duelo se ha apoderado de ella, y como en todo duelo deberá aprender a aceptar la nueva realidad.

Pero no todo es negativo. Rosalía vive con su hermano mayor, José, un chofer de autos que tiene que hacer un viaje a Buenos Aires. Es interesante la relación entre los hermanos. Ella es una mujer trabajadora, disciplinada, hija de las obligaciones. José, en cambio, vive de changas, le gusta el canto y la guitarra, lleva una vida bohemia. Es un hombre siempre positivo.

Rosalía, carente de opciones, decidirá acompañar en el viaje a su hermano. Lo contrario será la soledad en un mal momento de su vida. La pareja de opuestos se ha formado. Pero esta pareja estará lejos de la comedia americana. El viaje de Rosalía será el de un encuentro consigo misma apoyada en gran medida en el cariño y el respeto de su hermano. La película se transforma, entonces, en una road movie que hace recordar la calidez de Estación Central de Walter Salles.

En ese viaje sanador que emprenden los dos hermanos, hay una escena notable en las cataratas del Iguazú, justo en frente de la Garganta del Diablo. Lejos de lo turístico, la cámara de Leone enfoca a Rosalía en primer plano con el gran salto detrás. El poder y la fuerza del agua contrastan frente a la pequeñez y la insignificancia de la protagonista. Pero a su vez, más abajo el rio volverá a encontrar su curso y correrá mansamente. Rosalía comenzará a entender que solo ha perdido un trabajo, y que la vida continúa e impone cambios.


No es fácil pasar de una vida activa a una vida pasiva. De lo laboral al retiro jubilatorio existe un sentimiento de impotencia inevitable. Pero no podemos detener el curso del tiempo. No podemos creer a qué edad hemos llegado. La vida necesariamente continuará de otra manera. Es un momento de la vida que muchas veces no podemos entender. Muchas veces no queremos entenderlo. Es algo muy personal. Obviamente depende de cada persona. Deberíamos estar preparados para ello. No deberíamos sentirnos sorprendidos.

Más allá del inteligente guion y la excelente dirección de Caroline Leone que siempre tiene la virtud de eludir el golpe bajo o el lugar común, la película descuella con dos actores sumamente compenetrados con su papeles: Magali Biff como Rosalía, y Cacá Amaral como José, muestran frescura y veracidad en los roles que interpretan, transitando del drama a la comedia, entregando todo su caudal actoral en bien de un film muy pequeño pero también muy cálido e interesante.

jueves, 6 de julio de 2017

DESPUES DE LA TORMENTA de Hirokazu Kore-Eda


UN MOMENTO DE RECONCILIACIÓN

El cine de Hirokazu Kore-Eda es un cine contemplativo, un cine que sigue a personajes en sus rutinas, en su vida cotidiana, terminando por dar un mirada costumbrista sobre el hombre contemporáneo, sobre su vida íntima y la sociedad en que vive, particularmente el Japón post industrial de nuestros días. Algunos lo llaman “el heredero de Yasujiro Ozu”, el primer gran maestro del cine japonés. Ambos ven el cine como una forma de retratar la vida.

Su filmografía comienza en 1996 con Maborosi, un film que ganó un premio en Venecia. Años después, en 1999, presentó en nuestro BAFICI After Life, un film que no solo se adjudicó el primer premio de aquel Festival sino también el de Mejor Guión. Más tarde le siguieron otros films igualmente valiosos: Distancia en 2002, Nadie Sabe en 2005, Hana en 2006, Still Walking en 2008, De Tal Padre Tal Hijo en 2013, casi todos ellos vistos en Argentina.

Esta semana se estrenó su último film presentado el año pasado en Cannes. Después de la Tormenta, tal es su título, es también un cine de personajes en el cual destaca el equilibrio de su narrativa. Es uno de esos films en el cual parece no pasar nada y sin embargo está pasando todo un momento en la vida de cuatro personas: una abuela, su hijo, su nieto y su nuera.

De alguna manera, Después de la Tormenta puede ser vista como un film sobre la perdida, en un sentido general, y en particular, sobre la pérdida del padre. El film gira en torno de Ryoto (Hiroshi Abe), un hombre joven de unos 40 años, cuyo padre acaba de morir. Su vida viene cuesta abajo desde algún tiempo atrás, posiblemente desde que se separó de Kyoko, la madre de su hijo. Exitoso novelista en su juventud, se ha quedado sin inspiración literaria y ahora se dedica a seguir parejas furtivas transformado en una especie de investigador privado de vidas amorosas (Saca fotos furtivas a los amantes). Como padre, él también anda medio perdido. Le cuesta hacer pie y salir con su niño de 8 años, al que solo ve de vez en cuando (cuando dispone de algún dinero). Esas salidas son a la vez un placer pero también un sufrimiento.  Ryoto no solo ha perdido a su padre, sino que anda medio desencontrado consigo mismo. 

Ryoto, no obstante, tiene una tabla de salvación: Su anciana madre (Satommi Kobayashi), que ha enviudado recientemente. Es con ella con quien pasa sus mejores momentos, y es ella, quien le inspira confianza en sí mismo. Además, ella es una persona vital. Es una señora de su casa que ama la música clásica y comparte un grupo de escucha de gente de su edad. Su casa es el centro de reunión de la familia. Ella es la que convoca a todos alrededor de su mesa. Es la que une a la familia en su torno. Mujer confidente y de gran sabiduría y experiencia, no ha vivido en vano. Ella es la que ha perdido a su marido, pero no se ha perdido a sí misma, y tiene el valor y el coraje de seguir luchando para no perder a su hijo y a su nieto.

Shiraisi Shingo (Taiyó Yoshizawa) es el hijo de Ryoto. Un niño de unos 10 años de edad que disfruta las pocas salidas que hace con su padre. Un restaurante de comidas rápidas, un parque de diversiones, la compra de un par de botines de futbol. El niño percibe la separación de sus padres pero no emite opiniones ni muestra consecuencias. Sin duda, aún no ha tomado conciencia de dicha separación, y sobretodo, disfruta de la visitas a su abuela. La casa de su abuela es el lugar donde Shingo siempre encuentra un refugio.

Kyoko (Yoko Maki) es la madre del niño. Ella está tratando de superar su separación de Ryoto e incluso ha conocido otro hombre  con el que mantiene una relación estable. Pero sigue viendo a su marido. Mínimamente, necesita que Ryoto le pase su mensualidad y obviamente es convocada asiduamente a la casa de su suegra, mucho más ahora que ella ha enviudado y necesita del consuelo de sus hijos.

Es en uno de estos encuentros cuando los cuatro coinciden en el departamento de la abuela, justo antes que se desate una tormenta, uno de esos tifones típicos que se dan en la costa japonesa. En esa reunión familiar, los cuatro en un lugar seguro guarnecido de la torrencial lluvia, lejos están de estar pasando una situación incómoda. Todo parece relajarse a pesar de la tormenta que parece fuera una bendición caída del cielo para que estos cuatro personajes puedan pasar la noche juntos. Es entonces cuando el cine de Kore-Eda alcanza su mayor fulgor. Es en esos momentos cuando la vida misma parece estar pasando apaciblemente delante de nuestros ojos. Y todo parece recuperar un orden natural. Como si la naturaleza y las personas tuvieran una relación de causalidad, y que después de la tormenta solo pudiera ocurrir que llegue la calma, un tácito acuerdo, un momento de reconciliación, tal vez, incluso, la felicidad.

Este nuevo film de Hirokazu Kore-Eda es para disfrutar desde la contemplación y el sentimiento. Es una película en la que deberíamos dejar el intelecto de lado para disfrutarla solo con los sentidos. Pareciera como que de pronto el tiempo se detuviera para que sus personajes tuvieran el tiempo necesario y suficiente como para gozar de aquello que han extraviado, el ser ellos mismos. Sin duda, un film de madurez de su director, tanto en su faz creativa como en su solidez narrativa.

sábado, 1 de julio de 2017

UNA SEMANA Y UN DIA de Asaph Polonsky


LA PÉRDIDA DE UN HIJO

La Shivá es el periodo de duelo que se realiza durante la primera semana después de la muerte de un pariente o ser querido. A este periodo de siete días es la semana a la que alude el título de la película, en el que ante el sentimiento de pérdida inexorablemente le deberá continuar uno de consuelo. En ese día de consuelo, transcurre este film.


No obstante ello, Eyal (Shai Avivi) sigue desconsolado. Ha perdido un hijo de 25 años a causa de un cruel enfermedad, y manifiesta ese desconsuelo aislándose y asumiendo actitudes al borde de la violencia. Lo discute todo, se pelea con medio mundo, se ha alejado espiritualmente de su mujer, y solo encontrará compañía en Zooler (Tomer Kapon), el hijo de su vecino, con el que también se siente ofendido.

Zooler, un adolescente tardío de 23 años, sólo 3 años menos que el hijo fallecido, trabaja de cadete en una empresa de delivery de comidas rápidas, que dejará todo para acompañar a Eyal y constituirse por un día en su hijo sustituto. Una especie de alter ego del hijo fallecido. Zooler continúa estando en la etapa del juego y adora a Eyal como si fuera su padre. Es que Eyal le permite todo.

Mientras tanto, Vicky (Yevgenia Dodina) la esposa de Eyal, quiere volver al trabajo para escapar de la angustia del duelo, pero en su escuela ha sido obviamente reemplazada para permitirle cumplir con la Shiva. Tendrá que esperar a que termine el reemplazo, y en esa espera dilatará el dolor.

La comedia de Polonsky funciona por el camino del absurdo a partir de un guión muy bien escrito que permite al director recrear un clima de comedia en medio de un drama, donde estallan cada uno de sus personajes y sus respectivos sentimientos en relación a la perdida. Cada uno a su manera encarará este duelo que trata de amparar la negación de una muerte. Es que, por otra parte, la muerte de una persona joven es inentendible, mucho más cuando esa persona es un hijo.

Eyal, hosco y retraído, no puede manifestar su dolor sino a través de una descarga de agresividad hacia los demás. Genera una regresión que lo vuelve casi un adolescente. La muerte del hijo lo paraliza. Está absolutamente perdido y desesperado. Busca afanosamente, fumarse un porro que lo relaje y lo evada En esa situación Polonsky comienza a alejarse del drama para transformar el film en una tragicomedia, y el armado de un porro operará como una válvula de escape. Eyal, más tarde, en el Hospital donde murió su hijo, buscando mezquinamente una frazada que lo cobijó, y después en el cementerio donde escuchará casualmente a un orador en un sepelio, comenzará a encontrar un consuelo al sentir que su dolor no es único, al empatizar nuevamente con los demás.

Desde el punto de vista del género, el encuentro con Zooler, no solo crea la pareja despareja (hombre adulto vs joven adolescente, hombre osco vs adolescente sociable) típica de la comedia americana, sino que da comienzo a un relajamiento de la situación por el camino del absurdo. 


Vicky, como mujer, reaccionará en forma diferente. Ella ha aceptado la enfermedad terminal de su hijo. Ella se encuentra más calma. Se tiñe el pelo, se baña y se viste para estar presentable. Le preocupa mantener su feminidad, volver a su trabajo y rehacer su vida. Se siente sola y ciertamente abandonada. Le ha hecho un encargo a Eyal que Eyal ha olvidado. No obstante, su dolor termina aflorando solitariamente en forma de lágrimas en una sesión radiográfica en lo de su dentista. Ella también acudirá a un porro para distender su dolor, y como en un espejo, su situación tornará en comedia.

Auspiciosa ópera prima del director Asaph Polonsky, estrenada en Cannes 2016, fuera de concurso, Una Semana y Un Día, es un film valioso que trata un tema duro, con una muy buena puesta en escena que elige la comedia situacional para expresarse, aceptando que la muerte es el paso final de la vida, y que esa vida merece ser vivida a pesar de todas sus desventuras. Polonsky maneja el tema con habilidad, lo desdramatiza, y reflexiona con profundidad sobre la vida, la muerte y la necesidad de seguir viviendo más allá de la adversidad.

jueves, 29 de junio de 2017

UN DON EXCEPCIONAL (GIFTED) de Marc Webb



UN SER LUMINOSO

Cómo criar y educar a una niña prodigio parece ser la pregunta que se hace esta notable película americana realizada con un bajo presupuesto y con mucho talento por la Fox. Mary es una niña de 7 años, una personita distinta, diferente en función de poseer un mayor coeficiente intelectual. Alguien capaz de resolver, por ejemplo, fórmulas matemáticas de alta complejidad.

La niña desciende de una familia de superdotados. Su abuela, su madre y su tío son personas que se han destacado por su alto nivel de IQ y en sus capacidades en el análisis matemático. Su madre ha muerto y ahora es su tío quien está a cargo de su crianza.
Es común que cada uno de nosotros tratemos de evitar nuestras propias frustraciones en la crianza de nuestros hijos. Ese es el dilema fundamental que plantea esta película, fundamentalmente a través del rol del Tío Frank, alguien que ha abandonado la ciencia para disfrutar de la vida en un pueblito costero cerca de Boston donde se dedica a reparar veleros y ahora tiene la tenencia y responsabilidad de criar a su sobrina.

El film, si bien se centra en el personaje de la niña genio, es la búsqueda de libertad de Frank. Es la huida de un ser intelectualmente superior que se siente preso en su superioridad y necesita transformarse en una persona común. Es en ese esfuerzo donde aparece el Tío Frank, casi obsesionado en que su sobrina no sufra sus propias frustraciones y viva una infancia normal en ese pueblo costero de la costa de Florida en lugar de educarse en alguna de las grandes universidades americanas donde el premio Nobel en Ciencias es algo habitual. Pero esa necesidad choca contra la realidad y los convencionalismos sociales.

Frank quiere disfrutar de la vida que no disfrutó de joven y como consecuencia de ello, quiere que su sobrina Mary pueda tener la libertad de ser una niña común. Dada la capacidad de desarrollo intelectual, su aspiración es que ella aprenda sencillamente a disfrutar de las pequeñas cosas de la vida: el ocio, la amistad de sus vecinos, un show por televisión, el compañerismo en el Colegio, el juego ocasional. Pero resulta el IQ de la niña es un elemento diferencial que la distingue y las distancia del resto, aislándola como persona muy a su pesar. Los prejuicios no solo responden al individuo sino también a la sociedad. Y la inserción de Mary en un colegio normal se transforma en una odisea judicial.

Un Don Excepcional es una parábola distinta a lo que estamos acostumbrados  a ver. Normalmente el cine americano ha transitado la vida de seres excepcionales de diferentes maneras. Algunas veces, a través del retrato del desequilibrio mental que tiende a la violencia y/o el crimen (Patrick Bateman de American Psycho, o Lisa Rowe en Inocencia Interrumpida). Otras, describiendo el proceso de disociación que confunde realidad y fantasía como el de Nina Sayeers del Cisne Negro.  Pero también existen aquellos casos en que la enfermedad mental no impide la diferenciación del bien y del mal, como en el caso de del Murphy de Atrapado, Sin Salida (1975), o del autista de Raymond Babbit en Rainman (1988), o incluso el retraso mental de Forrest Gump de Tom Hanks(1994), quien con su inocencia solo ve los aspectos positivos de la vida que lo llevan de ser un sobreviviente de Vietnam a ser un empresario pesquero exitosos en la vida. Pero más allá de las películas mencionadas, tal vez sea el Josh Nash de Una Mente Brillante (2001), un ganador del Premio Nobel con tremendos problemas de relacionamiento y poca estabilidad emocional, quien se acerque más a la niña Mary Adler.

Mary coincide con Josh Adler en su alto coeficiente intelectual. Pero a diferencia de los altibajos de esquizofrenia delirante del matemático, la niña es un ser luminoso lejos de toda maldad y enfermedad. Ella es una niña en pleno crecimiento que solo busca ser una niña más. Su inocencia, su lejanía de la maldad, la prepotencia inocente de su superioridad intelectual, su espíritu de justicia, su necesidad de amar y ser mimada es pintada por Webb con suma delicadeza, y de ello surge  su criatura como un ser celestial que solo busca crecer libre de prejuicios y determinaciones para poder ser en el futuro una persona libre en un mundo adulto sumamente convulsionado.

El guión de Tom Flynn acierta en todo momento escapar del lugar común. Plantea el film como una comedia pero la desliza a través del drama tribunalicio dándole una pátina de  suspenso y ello sutilmente juega entre el bien y el mal a través de los avatares judiciales.  Marc Webb dirige este material con la habilidad que le da su amplia trayectoria tanto en cine como en televisión. Recordemos que en su haber cuenta con exitosos films como la comedia “500 días con ella” (2009), y las superproducciones The Amazing Spiderman I (2012) y II (2014). Chris Evans (Los 4 Fantásticos, 2005;  Capitán América, 2011; Los Vengadores,  2012) le da credibilidad a su Tío Frank. Mackena Grace, una niña de 11 años, que a partir de 2013 tiene una dilatada carrera en la TV (incluida Designated Survival), da vida a Mary con una gran espontaneidad. A ellos los acompañan otras dos grandes actrices: Octavia Spencer como la vecina, y la escocesa Lindsay Duncan como la abuela.

En síntesis, una película tan luminosa como el ser que retrata presentando un dilema ético donde se pone en discusión el problema del ser y el deber ser, algo así como si tuviéramos que decidir entre “si la niña es una superdotada, debe recibir una educación superior” o “si la niña tiene 7 años, debe vivir su infancia”. ¿Es posible lograr un equilibrio entre ambas posiciones? ¿Es un dilema que solo deben resolver los adultos? ¿Importa la opinión de la niña? De lo que no quedan dudas es que si se establece el dialogo, puede haber solución.

sábado, 24 de junio de 2017

YO, DANIEL BLAKE de Ken Loach



NO SOY UN CLIENTE, NI UN NUMERO NI UN PUNTO EN UNA PANTALLA

A los 81 años, Ken Loach sigue filmando fiel a su trayectoria. Hizo su debut cinematográfico con Pobre Vaca (1967), a la que le sucedió Kes (1969), dos joyitas que se encuentran entre lo mejor del denominado Free Cinema Inglés en el momento final de ese movimiento que integrarán, entre otros, cineastas como Lindsay Anderson, Tony Richardson, Karel Reisz y John Schlesinger. 

Asimismo, es el cineasta inglés más premiado en Cannes. Sus obras Agenda Oculta (1990), Lloviendo Piedras (1993), Tierra y Libertad (1995) y Yo, Daniel Blake (2016) se alzaron con premios muy importantes en el Festival de Cannes de esos años, las dos últimas, con la Palma de Oro.

Yo, Daniel Blake es un film importante. Rescata lo humano sobre lo político, a la vez que describe a un hombre que al borde de sus 60 años no solo tiene que luchar contra los inconvenientes de su salud y los problemas que le genera un mundo cibernético, sino también el desamparo que siente frente a un Estado burocrático y deshumanizado incapaz de entender su incapacidad laboral.

Loach describe minuciosamente a Blake, un obrero de la construcción, hábil carpintero, una de esas personas que se dan maña para todo, que vive en las afueras de Londres. Nos hace conocer su soledad, su tenacidad, su buen carácter, su apego a la ley, su decencia, su buena relación con los vecinos, su solidaridad con una madre soltera y sus hijos. El retrato del personaje es completo. Simpatizar con Blake no genera ninguna dificultad.

Pero Blake tiene un problema. Ha sufrido un infarto que le impide seguir momentáneamente trabajando. Aquí aparece una primera señal de alerta que muestra el desamparo de un trabajador común frente a la incógnita que le presenta su futuro. Blake no solo carece de un seguro automático de salud sino que también carece de un seguro de desempleo. Pero Blake puede tramitarlo ante la Autoridad Sanitaria. Y aquí comienzan los problemas.

Loach encara primero el tema de Internet y las personas mayores. Lo hace con humor y mucha ironía. Todo se encuentra sistematizado. No es fácil entrar por primera vez a una computadora, mucho menos a los 60 años de un hombre que ha realizado tareas manuales durante toda su vida. Internet se transformará en una pesadilla kafkiana. Una experiencia absurda y angustiosa, innecesariamente complicada cuyo único propósito es identificar al sujeto y proporcionarle un turno.

Ahora Loach se pone más serio y se pregunta al servicio de quien está ese Estado, un Estado burocrático que lejos de estar al servicio del ciudadano se transforma en una maquinaria de impedir. El proceso de otorgar un subsidio por enfermedad pasa por tantos vericuetos que el damnificado parece un delincuente tratando de estafar al sistema nacional de salud.

No obstante la contundencia y la agilidad del relato, Loach pareciera caer en alguna posición política que falsea la realidad. Queriendo mostrar la situación de inferioridad, de falta de cobertura y de indefensión del ciudadano frente a un Estado liberal, muestra a un Estado injusto con los más pobres, con los más necesitados, pintando una serie de situaciones que bordean el absurdo y la arbitrariedad transformando la obtención de un subsidio en una carrera de vallas. Que una persona que ha sufrido un infarto y se le ha recetado reposo pida un subsidio parece algo normal. Sin embargo, a dicha persona se le niega un turno solicitado en forma presencial porque solo se otorga por Internet. Por otro lado, el Estado hace pasar al enfermo por una serie de requisito que comprenden asistir a un curso para aprender a armar un currículo, y responder al menos a 10 solicitudes empleo. Un absurdo absoluto que se puede corroborar simplemente con un certificado médico.

Más allá de estas ingenuidades demagógicas, la gran actuación de Dave Johns como Daniel, el ritmo sostenido que Loach le impone al film y el interés del relato respaldado en el buen guión de Paul Laverty, habitual sostén del director, logran una película cuya importancia social es indiscutible. Claramente, la humanidad va a vivir más más allá de los 60 años. Hoy el promedio de vida para un país como Argentina está en los 75 años. El mundo desarrollado excede los 80 años. Está claro que una vida de trabajo merece ser asegurada económicamente por el Estado o por un sistema previsional eficaz más allá de la esperanza de vida laboral. No quiero ser un cliente, ni un número ni un punto en una pantalla. Siendo un ciudadano que ha pagado sus impuestos, merezco, por lo tanto, la atención y el cuidado del Estado.

miércoles, 21 de junio de 2017

EL BAR de Alex de la Iglesia

UN MUNDO CAOTICO

Alex de la Iglesia es uno de los directores más famosos, inteligentes y aclamados que ha surgido detrás de la movida almodovariana surgida poco después del famoso destape español producido tras la muerte de Francisco Franco. Su cine abreva tanto en el esperpento español como en el comic americano. El Bar, su última película recientemente estrenada en Buenos Aires, es una nueva metáfora que alude al estilo desangelado de vida actual.

El bar no solo es el título de su nuevo film sino que es el lugar donde transcurre la mayor parte del nuevo film del realizador español. Un bar es un lugar donde la gente habitualmente llega para tomar alguna bebida o comida rápida. Se trata de un sitio, si bien de origen inglés, muy apegado también a nuestra idiosincrasia latina. Pero este bar, lejos de ser un lugar de encuentro, más vale parece ser un sitio concurrido por solitarios y marginales.

Tanto en la escena inicial como en la final, De la Iglesia da muestra de su maestría y capacidad de síntesis. El inicio es un largo travelling que sigue a los protagonistas de la historia en una esquina muy concurrida de Madrid que está al servicio de dos objetivos: por un lado, presentar a los personajes que indudablemente se dirigen al bar de la esquina, y por otro, mostrar que cada uno de ellos, y todos los que pasan a su alrededor, están cada uno en la suya. La indiferencia entre ellos es total. Un retrato de una sociedad ensimismada.

En el extremo opuesto, en la escena final, la protagonista emergerá a la superficie sin que nadie ponga su atención en ella y se perderá en la multitud como si nada hubiera ocurrido. La indiferencia será total. Será la transformación de una persona en nadie, un transeúnte más, hasta que la multitud cobre su propia y única presencia. La masificación en su máxima expresión.

Dentro del bar, la capacidad de De La Iglesia y su permanente coguionista Jorge Guerrricaechevarria,  encerrarán la acción y se abocarán a la descripción de personajes y situaciones límites donde, a través de situaciones y diálogos inteligentes,  aparecerán diferentes personalidades que permitirán describir los conflictos y distintas miserias humanas que traban el desarrollo pacífico de la vida comunitaria: el egocentrismo, el ensimismamiento, el desinterés en los demás, la locura desenfrenada en uno de sus personajes principales. La situación muestra que la individualidad se impone sobre lo colectivo. Cada quien está metido  en lo suyo sin importarle en lo más mínimo lo que está haciendo “el otro”.

Descriptos los personajes, un hecho inesperado provocará una situación de encierro total. La desesperación de los parroquianos provocará un crescendo en el que irá apareciendo el individualismo, el egocentrismo, egoísmo, la falta de solidaridad. Será el reino del sálvese quien pueda.

Muy emparentada con La Comunidad, aunque en realidad sea una nueva vuelta de tuerca sobre el mundo indiferente y desesperanzado que el vasco De La Iglesia ya retrató en aquélla película tano como en La Chispa de la Vida y Mi Gran Noche, El Bar resulta ser un film lúcido sobre el mundo caótico que vivimos, un mundo que fundamentalmente carece de solidaridad. Lo cierto es que más allá de su propuesta, el film brilla por su equilibrio, por la capacidad narrativa del realizador, la prodigiosidad del travelling inicial, la capacidad de síntesis de su final, y los excelentes y chispeantes diálogos que mantienen el interés despierto del espectador durante toda la trama, sin dejar de reconocer el nivel de excelencia de sus actores: Blanca Suarez, Mario Casas, Carmen Machi, Jaime Ordoñez, la siempre eficiente Terele Pávez, y hasta el argentino Alejandro Awada, están estupendos en sus respectivos roles.